Lo que aprendí escuchándolo jugar solo

Estaba en la cocina cuando lo escuché hablar en el living.

No me hablaba a mí. Tenía una conversación entera con sus juguetes, con voces distintas, con reclamos y con acuerdos. Yo ya estaba secándome las manos para ir a ver qué pasaba, y me quedé quieta en la puerta.

Lo que siempre hacía

Cuando jugaba solo, yo aparecía. Le preguntaba qué estaba armando, le proponía algo, le acercaba otra pieza. Lo hacía con cariño, por supuesto. Pero cada vez que aparecía, el juego cambiaba de dueño: pasaba de ser suyo a ser un poco de los dos.

Lo que escuché esa tarde

Esa tarde no entré. Me quedé escuchando cómo resolvía solo un problema: una torre que se caía una y otra vez. La levantó cuatro veces. A la quinta cambió la base, sin que nadie le dijera nada.

Me di cuenta de que lo que yo llamaba "acompañar" a veces era interrumpir una concentración que estaba funcionando perfecto.

Lo que cambié (que fue casi nada)

No hice nada nuevo. Hice menos. Aprendí a quedarme en la cocina un rato más y a dejar que el silencio o la conversación inventada hicieran su trabajo.

Y dejé a su alcance lo que necesita para armar y desarmar, como cajas bajas y juguetes simples de madera, de esos que no hacen nada solos y dejan que el juego lo ponga él.

Lo que fue pasando

Los ratos de juego solo se fueron alargando. Y yo, que pensaba que iba a sentirme desplazada, descubrí algo inesperado: esos minutos también eran míos. Para tomar un café caliente, por ejemplo, cosa que no pasaba hacía meses.

💛 Si te está pasando algo parecido

 

Si tu hijo juega solo y no sabés si intervenir, probá quedarte un rato más en la puerta. A veces el mejor acompañamiento es saber que estás cerca, sin entrar.